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De la vid al vino

¿Qué es el Champagne?

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Historia del Champagne

Un vino raro

Desde su origen, un vino sagrado

Hasta la Edad Media, en los países de la Cristiandad, los religiosos son los que se ocupan de la vid: el vino se consagra y bebe durante la misa. El encuentro de la geografía y la historia ofrecerá a los vinos de Champagne un destino fuera de lo común. En efecto, San Remi, obispo de Reims, residiendo en una villa ceñida de vides cerca de la actual Epernay, fue quien que bautizó a Clovis cuando se convirtió. Por lo tanto el primer rey de Francia fue consagrado en Champagne y los vinos de Champagne consagrados una noche de Navidad del año 496.

Algunos siglos más tarde, el matrimonio de Juana de Navarra con Felipe el Hermoso asoció definitivamente el destino del condado de Champagne al de la Corona de Francia. 

Consagrado por la Historia

Del año 898 a 1825, en Reims, en el corazón de la región de Champagne, se consagró a los reyes de Francia. Las ceremonias, según los relatos que se hicieron, se acompañaron todas de banquetes donde los vinos de Champagne fluían a raudales. Rápidamente apreciados por su gusto y su finura, éstos se convertirán en los vinos que se ofrecen en homenaje a los monarcas que vienen a la región. Francisco Iro recibió varias “piezas”, María Estuardo también, de paso por la ciudad de las consagraciones; se habla de centenares de pintas ofrecidas a Luis XIV para su coronación.

A partir del siglo XII, la reputación de los vinos de Champagne cruzó las fronteras y su prestigio no dejó de crecer.

Por ello el 14 de julio de 1790, para la fiesta de la Federación en Champ de Mars, solamente el Champagne fue considerado digno de animar a los revolucionarios.

Algunos años más tarde, todos los príncipes presentes en el Congreso de Viena cuentan la omnipresencia del Champagne de septiembre de 1814 a junio de 1815. De fiestas a cenas, el Congreso se divierte: “el espíritu chispeante como el vino de Champagne” y fue en efecto el primer vínculo agrupador de los participantes.

El Champagne posteriormente consagró a muchos grandes tratados y hasta hace poco, el de Maastricht. Siempre es exigido por todos aquellos que, en el mundo, desean destacar la importancia de un momento histórico. Incluso la reina Pomaré de Tahití, según Pierre Loti, exigió varias cajas de Champagne para marcar la consagración de un templo pagano en su isla.

Símbolo de la excelencia, el Champagne figura siempre en un buen lugar en los menús de los grandes matrimonios reales desde hace dos siglos. Fue la invitado mágico y espectacular de las grandes Exposiciones Universales de 1889 y de 1900 en Bruselas y París; y con el tiempo, confirmó su imagen de vino de excepción. Hoy en día más que nunca, todavía se recurre a él en cuanto se trate de distinguir la rareza o la magnitud de un acontecimiento.

La emoción rara de las primeras veces

Desde Clovis, los vinos de Champagne permanecieron asociados a los bautismos: son ellos, y solamente ellos, a los que se invita a consagrar la felicidad de las primeras veces.
No todos los vinos son invitados a bendecir el casco de los barcos más hermosos del mundo durante su puesta al agua. Ya sea que se llame el Great Britain en 1843, el France o… ¡Mon rêve!

Obviamente estuvo allí durante los vuelos inaugurales del Concorde y en el momento de la unión de los tramos franceses e ingleses del túnel bajo el Canal de la Mancha.

Seguramente se sirvió bien fresco cuando Maurice Herzog compartió con su equipo "la" botella de la victoria después del ascenso del Annapurna. También fue Champagne lo que bebió Pierre Mazeaud en 1978 en la cima del Everest, como lo había hecho antes que él el equipo del Crucero amarillo de André Citroën en el Techo del mundo en 1931. Fue una hermosa primera vez para Jean-Loup Chrétien en su viaje en la cápsula espacial soviética. Apenas de regreso a la tierra, reclamó una copa de Champagne, fiel a una tradición iniciada por los pioneros de la aviación.

También es el vino de las últimas veces

En la Conciergerie, en 1793, Philippe d'Orléans espera comparecer ante el tribunal revolucionario. Deseoso de aprovechar sus últimos momentos, exige degustar tranquilamente algunas botellas del vino de los reyes.

Algunos años más tarde, Napoleón está en Rusia; vence al ejército del Zar en Smolensk. Los nobles locales se consuelan con Champagne “delicioso aunque sea francés”.

Las grandes ocasiones

Ya sean de verdad raras o vividas como tales, se ha adquirido la costumbre de consagrarlas con Champagne. Las victorias deportivas, por ejemplo, se convirtieron en la ocasión de regar generosamente a los campeones y al público, y entrar en la leyenda con una botella mítica en la mano. Solitario y valiente, Gérard d'Aboville, bebedor de agua obligado durante 72 días en el mar, bebió inmediatamente Champagne a su llegada. Como lo hacen en todas partes del mundo todos los héroes, grandes o modestos, que desean consagrar sus proezas.

Un vino de talento

El néctar de los reyes

Reyes, príncipes y nobles serán los primeros aficionados al Champagne. Son ellos quienes darán a conocer la excelencia de estos vinos y serán sus mejores representantes. No faltan las anécdotas: cuando Carlos VI se entrevistó con el rey de Bohemia en el siglo XIV, se atribuye a los vinos de Champagne las calidades diplomáticas que permitieron que la entrevista se diera en las mejores condiciones.

ambién se sabe que Federico II de Prusia era tan fanático del Champagne que se lo ofreció a los miembros de su Academia para que evalúen “científicamente” su diferencia con los otros vinos.

En la Corte de Francia, los historiadores informan del gusto por los vinos de Champagne de María Antonieta, de Madame de Pompadour y por supuesto del Regente, cuyas famosas cenas no se concebían sin Champagne a profusión. Cuando Luis XV hizo pintar el famoso “Almuerzo con ostra” de Jean-François De Troy para su comedor, el Champagne figura como vino de elección. Nadie ignora que el zar Alejandro Iro de Rusia se lo hacía abastecer en cantidad considerable al ritmo de sus deseos, e incluso hizo fabricar, para su consumo personal, botellas de cristal.

Algunos años más tarde, otro gobernante de Rusia, Kroutchev, fue un aficionado experto. El rey Eduardo VII, como muchos monarcas ingleses, adoraba esta efervescencia “so frenchy”.

Y en la actualidad, todo los grandes de este mundo tienen su Champagne favorito y sus elecciones son tan variadas como sus convicciones políticas. La diversidad de los vinos de Champagne lo permite.

Un vino tan famoso como aquellos a los que inspira

Nuestro Voltaire evoca en una sátira en 1736: “De este vino fresco, la espuma chispeante - de nuestro Francisco es la imagen brillante”. Cuando Federico Chopin parte a vivir su gran amor con George Sand a Mallorca, reconoce que este vino sabe volverlo espiritual, o incluso un poco loco. Otro gran escritor, Alejandro Dumas, pretendía poner un copa de Champagne junto a su tintero y deseaba a su pluma una inspiración chispeante. Los vinos de Champagne desatan las lenguas.

Léon Daudet cuenta una lucha literaria entre Barrès y Mallarmé en la que el Champagne es el árbitro divertido. Los grandes músicos también son conmovidos por el Champagne: cuando Beethoven los evoca, es una verdadera sinfonía de alabanzas; Richard Wagner, amargamente decepcionado por el fracaso de Tannhauser en París, sólo se reconcilia con Francia gracias a este vino “que sólo él le devuelve el gusto por la vida”.

Varios pintores de principios de siglo pusieron el Champagne en sus cuadros. Se le ve en Utrillo, Manet lo pinta en su “Bar del Folies Bergère” y entre el dos enamorados sentados a la mesa “Pareja en el Père Lathuile” (1879).

Un estrella para las estrellas

Las burbujas del Champagne se invitan en las mesas de los que brillan. Algunos no ocultan que no pueden prescindir de ellas.

Marlène Dietrich escribe en sus Memorias que le gusta el Champagne porque “da la impresión de que es domingo y que los mejores días están muy cerca”. Greta Garbo en “Ninotchka” sucumbe a los encantos de los vinos de Champagne y del lujo, cuando interpreta a una rusa que visita París; Audrey Hepburn, Jeanne Moreau, Marilyn Monroe o Juliette Binoche entre muchas otras, son heroínas enamoradas del Champagne. Mistinguett, Maurice Chevalier le han cantado y celebrado,Jacques Higelin y Serge Gainsbourg también.

Un vino héroe de novela

De Pouchkine a Henry Miller o a Hemingway, de Balzac, Zola, Maupassant a Colette, de Françoise Sagan, John Le Carré, a Frédéric Dard o Ian Fleming, padre de James Bond, numerosos novelistas le han dado vida con su ingenio. Americano provocador, Truman Capote pretende que para burlarse de la muerte, nada mejor que una copa de Champagne. En cuanto a Arsène Lupin, nunca duda entre un Champagne brut y un Champagne suave, prefiere el extra-brut.

Amélie Nothomb, gran enamorada del Champagne, le consagra numerosas páginas en varias de sus novelas. Winston Churchill habla de él en sus Memorias: el escritor, el político y el hombre de buen gusto están de acuerdo, el Champagne es un placer cotidiano para aquél que sabe lo que quiere decir vivir.

El don de la alegría

Libertina

A partir de finales del siglo XVII los productores de Champagne comienzan a controlar realmente el fenómeno de la efervescencia, que el vino ya no es atributo de los religiosos y que asume un lugar preponderante en las fiestas.

Su ligereza seductora encanta y deleita a los libertinos del siglo XVIII. La esposa de Philippe d'Orleans cuenta el entusiasmo de las mujeres de su tiempo por este vino con “tapón que salta”.

Se le bebe en las pequeñas cenas del Palacio Real. El rastro de los pedidos importantes realizados por la marquesa de Pompadour para sus fiestas campestres es elocuente.

En el baile de máscaras llevado a cabo en el Hôtel de Ville en 1739, se bebieron no menos de 1800 botellas de Champagne. Y Casanova lo cita en sus Memorias como uno de los elementos indispensables de sus veladas de seductor.

Internacional

Muy pronto, los vinos de Champagne emprendieron el viaje. Los productores de Champagne obstinados y aventureros lo dieron a conocer en todos los continentes. Los primeros, los ingleses, se engancharon. Ya sea en la Corte como entre los dandys como Brummell y Sheridan, se le reclama como un “indispensable”. Cuando el zar Alejandro 1ro organiza una cena, que dura cuatro días en septiembre de 1815, con motivo del desfile militar del Campo de Virtudes, se sirven 300 cubiertos al ritmo de un menú imaginado por el cocinero francés Carême y los vinos de Champagne son el principal acompañamiento.

Apenas algunos años más tarde, en las costas californianas o en Nueva York, se canta y se baila levantado su copa. En todas partes del mundo, a principios del siglo XX, los vinos de Champagne adquirieron la reputación de ser los vinos ideales de las reuniones alegres a las cuales se quiere dar clase y brillo.

Popular

A finales del siglo XIX, la aceleración y la multiplicación de los medios de transporte y, en particular, el ferrocarril, permitirán a los vinos de Champagne estar en todas las fiestas. Ya no se puede vivir sin él en los cafés de los Grandes Bulevares, en el Café anglais, en la Tour d’Argent, en el Jockey Club, en la Taverne Olympia, sólo se le quiere a él, se le llama el 'Champ'.

Desde finales de la guerra de 1870, se democratizó. Feydeau y Offenbach lo citan en sus obras o Strauss en “El Murciélago”: “su majestad Champagne es rey, pongámonos bajo su ley...” y en la Traviata de Verdi, se levanta su copa en el 1er acto. Cuando toda Europa vivía los Años Locos, la imaginación de aquellos que frecuentan los lugares de moda sólo tiene un límite: están dispuestos a probarlo todo...a condición de que haya Champagne; se le ordena en todas partes: en París, Deauville, Biarritz y Montecarlo, en el baile de los Petits Lits Blancs, en las invitaciones lanzadas por Boni de Castellane en su palacio de mármol rosado, Avenue du Bois, en todos los bailes de la princesa Murat o de los Clermont-Tonnerre cuyas famosas Fiestas Persanas marcaron las memorias de los contemporáneos. Además de los decorados locos y de los centenares de invitados disfrazados suntuosamente, hay elefantes, caballos ¡y fuentes de Champagne!

Generosa

Entonces, forzosamente, cuando el general Eisenhower instala en Reims su cuartel general en febrero de 1945, es evidente que la Liberación se celebra con Champagne. ¡Y qué fiesta! Desde principios del siglo XX, los vinos de Champagne se han convertido definitivamente en los vinos que reúnen, que participan, y que garantizan una alegre convivialidad. Durante estos últimos años, ya sea que las fiestas sean imperiales como las del Sha de Irán para conmemorar los 2500 años de la creación del Imperio Persa en las ruinas de Persépolis o más democráticas como las del Bicentenario de la Revolución o la apertura del Mundial de fútbol 98, no se les concibe sin Champagne.

Apadrinan los grandes festivales de cine, las exposiciones culturales, las manifestaciones deportivas, las conmemoraciones, los aniversarios notables. Acompañamiento de las fiestas más bonitas, los vinos de Champagne también se han convertido en los vinos privilegiados de los fines de año.

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